Qué lindo es olvidar!
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Hoy es un día súper especial.
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Mi Lucas cumple años por primera vez allá en Bahía y no lo sabe. Hace unos días mi hermano me mandó un video en el que aparece caminando. Esta semana lloré de felicidad dos veces (¡todo un récord!), la primera con esos primeros pasos y la segunda hoy, cuando terminé de leer por segunda vez en esta vida mía que espero sea muy larga El tiempo recobrado.
Me acordaba algunas cosas de ese libro, tenía 22 años cuando lo leí por primera vez, mate de por medio igual que ahora, y me impactaron otras cosas porque yo era otra, especialmente la historia de amor con Albertina y los momentos de la infancia. Este año escribí más que nunca y pensé muchas cosas al respecto. El último tomo de En busca del tiempo perdido, que es el de las reflexiones del escritor, me gustó mucho más. Leí las últimas páginas asombrada, no me acordaba casi nada y cada frase me pareció un descubrimiento magnífico. El narrador, eufórico, acaba de concebir el libro que va a ser la obra de su vida y se pregunta si ese libro podrá ser para los lectores un espejo, o una especie de cristal de aumento que les ofrezca un medio para leer en sí mismos. No me acordaba de esta frase; transité los primeros seis tomos pensando algo parecido, que la lectura de este libro era el aprendizaje más conmovedor que me había tocado y que me traía, no solamente la imagen de mi vida sino de mí misma en el tiempo, midiendo la distancia precisa con esa chica que lo leyó hace años en otra ciudad, en otro mundo. Y de repente me encontré con la frase del espejo y pensé que era imposible saber si la pensé porque la había leído, ya hace muchos años, y la tenía guardada en algún lado, o se me vino a la mente porque a esta altura tengo la mirada formada, entre otras cosas, por ese libro.
Por eso, en una de esas coincidencias que Proust construye pero que pocas veces pasan en la vida, me gusta tanto que hoy sea el día en que terminé ese libro y en que cumple un año Lucas. Las dos cosas me hacen recorrer desde muy muy atrás hasta muy adelante. Lucas funciona para mí, y esto lo pienso por haber leído, como uno de esos otros que me permite medir el movimiento y los cambios en los lugares y las relaciones. Me acuerdo exactamente adónde estaba el día en que nació, me acuerdo todo, como me acuerdo adónde estaba cuando leí a Proust, siempre en casas distintas, y me pregunto cuántos años pasarán hasta que me den ganas de leer de nuevo En busca del tiempo perdido, seguramente tendré más de 40, Lucas será ya un nene que esté a punto de terminar la escuela. Probablemente le cuente algunas de estas cosas.




