El museo del mundo

jueves, noviembre 05, 2009

Qué lindo es olvidar!

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Hoy es un día súper especial.

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Mi Lucas cumple años por primera vez allá en Bahía y no lo sabe. Hace unos días mi hermano me mandó un video en el que aparece caminando. Esta semana lloré de felicidad dos veces (¡todo un récord!), la primera con esos primeros pasos y la segunda hoy, cuando terminé de leer por segunda vez en esta vida mía que espero sea muy larga El tiempo recobrado.

Me acordaba algunas cosas de ese libro, tenía 22 años cuando lo leí por primera vez, mate de por medio igual que ahora, y me impactaron otras cosas porque yo era otra, especialmente la historia de amor con Albertina y los momentos de la infancia. Este año escribí más que nunca y pensé muchas cosas al respecto. El último tomo de En busca del tiempo perdido, que es el de las reflexiones del escritor, me gustó mucho más. Leí las últimas páginas asombrada, no me acordaba casi nada y cada frase me pareció un descubrimiento magnífico. El narrador, eufórico, acaba de concebir el libro que va a ser la obra de su vida y se pregunta si ese libro podrá ser para los lectores un espejo, o una especie de cristal de aumento que les ofrezca un medio para leer en sí mismos. No me acordaba de esta frase; transité los primeros seis tomos pensando algo parecido, que la lectura de este libro era el aprendizaje más conmovedor que me había tocado y que me traía, no solamente la imagen de mi vida sino de mí misma en el tiempo, midiendo la distancia precisa con esa chica que lo leyó hace años en otra ciudad, en otro mundo. Y de repente me encontré con la frase del espejo y pensé que era imposible saber si la pensé porque la había leído, ya hace muchos años, y la tenía guardada en algún lado, o se me vino a la mente porque a esta altura tengo la mirada formada, entre otras cosas, por ese libro.

Por eso, en una de esas coincidencias que Proust construye pero que pocas veces pasan en la vida, me gusta tanto que hoy sea el día en que terminé ese libro y en que cumple un año Lucas. Las dos cosas me hacen recorrer desde muy muy atrás hasta muy adelante. Lucas funciona para mí, y esto lo pienso por haber leído, como uno de esos otros que me permite medir el movimiento y los cambios en los lugares y las relaciones. Me acuerdo exactamente adónde estaba el día en que nació, me acuerdo todo, como me acuerdo adónde estaba cuando leí a Proust, siempre en casas distintas, y me pregunto cuántos años pasarán hasta que me den ganas de leer de nuevo En busca del tiempo perdido, seguramente tendré más de 40, Lucas será ya un nene que esté a punto de terminar la escuela. Probablemente le cuente algunas de estas cosas.

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martes, noviembre 03, 2009

Mar del Plata


Antes de que se ponga así, nos juntamos a leer poesía en Mar del Plata, a fines de noviembre. El programa de lecturas, acá.
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domingo, octubre 25, 2009

Ana

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Mi amiga Ana, poeta, historiadora amorosa, traductora y cocinera (nadie como ella sabe mostrar cómo todas esas cosas se mezclan y se cruzan en una vida) cumple años. Los cuarenta la encontraron empezando cosas nuevas, revisando el pasado, teniendo a Nina. Por suerte a veces en una vida entran muchas vidas, las experiencias y los amores no dejan de ampliarse. Mi amiga Emilia, mucho más joven, que la conoció este año, me dijo deslumbrada "¡Qué copada que es Ana!", y yo le dije que sí, que por supuesto que ya lo sabía.
Por eso le quiero dedicar este poema, que no es alegre pero tiene que ver con esa idea de que uno es un viajero, que ella misma comentó hace poquito en su blog, y de que apenas se llega alguna vez a alguna parte. Con suerte los años, si supimos prestar atención, nos encuentran un poquito más sabios, pero no por eso tenemos la tentación de detenernos, de dejar de aprender, de que se termine esa aventura.

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Ya vas a encontrar en vos
el dolor
mientras tanto

tirada en una cama
mirás el techo
con ojos muy abiertos

viviste largos años, y todavía
siguen pasando cosas
que no esperabas.

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domingo, octubre 04, 2009

Penélope



Fui a ver Los abrazos rotos ayer a la tarde y hoy necesité ir de nuevo. Estoy pensando en ir una vez más durante la semana, pero voy a ver. Ayer casi me disgutó la película; me cuesta soportar un plano con dos personajes diciéndose cosas importantísimas por celular, y aparte estaba en fila 4 y me parecía que era imposible abarcar toda la pantalla con la vista. Hoy fue mejor. La disfruté como loca y amé cada segundo.

Me declaro enamorada del cine. No voy a escribir una crítica porque no quiero ni puedo; Los abrazos rotos para mí es esto: las tetas de Penélope Cruz y la boca de Tamar Novas (Diego) que me dieron ganas de tocar mientras él estaba durmiendo, entre enamorada y madre; la mirada de madre preocupada de Angela Molina y todas las miradas de Blanca Portillo, que de todos es la más apasionada pero la que no habla, siempre sufriendo al margen y con una intensidad que justamente por contenida es más intensa.

Y lloré cuando Almodóvar hizo este plano que es lo que siempre siento con el cine cuando me toca así: el protagonista, que hace muchos años se quedó ciego, recupera un video donde aparecen los últimos momentos que vivió junto a la mujer que amaba. En ese video ellos van en auto y en un momento se dan un beso, "un beso normal, de esos que se dan las parejas por inercia", le dice Diego, encargado de ver por él, y que fue lo último que sintió ella justo antes de morirse. El ciego se acerca a la pantalla y apoya las manos en las caras de él mismo y de la mujer que quiso, como única manera posible de ver ese beso, y le dice a Diego con voz susurrante, humilde, casi quebrada, mientras vemos únicamente en la pantalla sus manos sobre la otra pantalla donde ocurre el beso: "Ponlo cuadro por cuadro, para que dure más".

El dolor y la fascinación del cine tienen que ver para mí con lo intangible, con esa luz que se proyecta sobre una pantalla y es una película pero que no se puede detener ni tocar; un poco menos, pero algo parecido, a lo que pasa cuando se está por terminar un libro, como ahora me pasa de nuevo con Proust, y se quisiera hacer durar para siempre esas miles de páginas que de repente nos parecen breves. Entonces empezamos a leer frase por frase, palabra por palabra, cada vez más despacio, para que dure más.
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martes, septiembre 29, 2009

Adiós juventud


Estoy empezando a saber que por haberme ido me pierdo, entre otras cosas, de asistir a la infancia de este chiquito que es el hijo de mi hermano. Claro que antes lo supe, como dato, pero ahora lo siento. Vuelvo y este bebé me muestra cosas, las agarra con la mano y las levanta para que las vea, grita para llamarme la atención, empieza a caminar con pasos vacilantes, muchas veces agarrado de las manos de mi hermano, y canta. Se parece al papá, que algunos dicen que se parece a mí, y al mismo tiempo nos hace empezar a imaginar el futuro y nuestra propia infancia. Lucas nos hace terminar de crecer, por si alguna vez pensamos que íbamos a ser hijos para siempre. Nos ubica en un punto muy preciso de una historia, que sigue porque ahora esta él, y así le da profundidad al tiempo.
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lunes, septiembre 21, 2009

Cine!

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Hay un blog nuevo, lo estoy armando con un grupo de amigos y está dedicado a la crítica de cine, que es un planeta tan distinto, en el que puedo decir cosas como ésta.

Los invito a que pasen y vean.
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sábado, septiembre 05, 2009

Una hortensia

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Un chico se crió junto con su mamá. Estaban juntos, vivían en la misma casa y ella a veces lo acariciaba y a veces le pegaba. Le compró juguetes y el chico construyó cosas que a la mamá le parecían maravillosas con esos juguetes; le dijo al chico que era muy inteligente y que sería muy inteligente. Al hijo le gustaba esto pero sufría cuando algo de lo que estaba construyendo salía mal. La madre no sabía qué hacer, lo veía sufrir y lo dejaba y algunas veces trataba de ayudarlo. Vinieron otros hijos y al chico no le gustó nada pero con los años se hizo amigo de esos nuevos hijos que eran sus hermanos y eran una familia, a veces se peleaban y otras veces lo pasaban bien. Crecieron, muy despacio crecieron y el chico admiraba bastante a la madre y después la admiró menos. Se enamoró de una chica y con los años se fue de la casa y empezó a vivir en otra casa con esa chica. Crecieron más y tuvieron un hijo.
En el jardín tenían una hortensia. La abuela del chico se las había regalado porque le gustaban mucho las plantas y le importaba regalarles una planta a los nietos, les regaló la hortensia y poco tiempo después se murió porque era vieja. Un día la madre del chico le pidió que le regalara la hortensia para cuidarla. Tenía un jardín muy grande y quería que la planta siguiera viviendo en ese jardín y quería cuidarla porque era un regalo de la madre que se había muerto, consideraba que los chicos no la cuidaban. El chico le preguntó, "¿Querés la planta porque era de tu madre o la querés porque considerás que yo no sé cuidarla?". La madre dijo que la planta no estaba bien cuidada, estaba seca y un poco abandonada en el cantero y pensaba que ella podría cuidarla mejor de lo que la cuidaba el hijo.
El chico sintió furia. Ya no era chico pero tenía una herida desde que era chico. Estaba esa herida y ahora aparecía el problema de la planta y la pregunta sobre la planta y la respuesta de la madre le despertó la herida, que siempre estaba abierta. Le contestó que no iba a darle la planta y dijo muchas cosas que estaban contenidas en esa herida desde hacía muchos años. Dijo todas las cosas y las volcó con la boca en la herida de la madre que no entendía la herida del hijo porque no la veía. Dijo cosas terribles y la madre pensó cosas terribles. Ahora los dos tenían una herida. Siguieron siendo una madre y un hijo pero nunca más se volvieron a ver y nunca más se volvieron a hablar. El hijo siguió viviendo con su nueva familia y su hijo y la herida, la madre siguió viviendo con la herida. La hortensia se está secando en un cantero.
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